lunes, 15 de marzo de 2010

GANADORA / sobre viajero nº 1


Sobre viajero nº 1: "El libro que me marcó"

En esta ocasión, se alza con la victoria María que, a partir de la primera frase de "El ruido y la furia" de William Faulkner, ha creado esta pequeña joya. Disfrutadla.


Tierra de nadie



A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Levantaban el mazo y golpeaban la pared rítmicamente, sin descanso, creando una danza hipnótica. La superficie lisa se resentía con cada una de las embestidas, hasta que por fin se rindió y se derrumbó, abriendo un enorme agujero que dejó al desnudo la sala con sus sillones color vino y su mesa de madera, tan oscura que jamás pude tocarla con mis dedos sin temor a dejar una huella traidora. Todos los muebles estaban cubiertos con una capa de polvo blanco. Ahora podría tocarla. La habitación saludaba al exterior, con su aspecto dantesco. Era extraño verla bajo la luz directa del día. Una combinación de polvo, escombros y esplendor, que encajaba de un modo grotesco con las vidas que se habían vivido allí. Los obreros consumaron aquella violación consentida, terminando de descubrir aquel insólito cuarto. Cayó sin oponer resistencia, descubriendo a la vista de todo el que quisiera mirar el interior de la casa; que se había puesto sus mejores galas, mostrando su cara más grotesca, con capas de maquillaje y colores estridentes. Pobre chiste en pie. A través del hueco de la pared, dos hombres entraron sin limpiarse las botas de la tierra mojada del jardín. Un acto tan irrespetuoso a la casa en la que se me había enseñado lo que significaba esa palabra. No pude evitar un dulce cosquilleo de placer en la piel de la nuca.
Los muros se derrumbaban y yo, desde mi escondite infantil, los veía caer con una sensación culpable y deliciosa. Caían esos muros, al fin. Los muros de la inmovilidad, los muros de la autoridad más autoritaria. Muros caducos. Caían y dejaban tan solo una nube blanca con sabor a yeso y aroma de rebeldía. No fui yo quien los tiró, sino su propia terquedad, pero sí podía ser espectadora de lujo de su caída. Más violadores vestidos con un mono azul entraron detrás de sus compañeros pisando la alfombra que en su día solo pisaron las más exclusivas suelas. El barro de sus zapatos se estaría mezclando con el verde musgo de la tela, supuse. Las piedrecitas incrustadas en ese barro rayarían la noble madera del suelo.
Se escuchó un gran estruendo, y, a través del muro derruido, alguien lanzó un cadáver de un mueble, puede que una cómoda, que voló unos segundos antes de aterrizar sobre las complicadas flores. El ruido me llegó más apagado, se alejaba de mí, pero aún se podía escuchar el avance destructor de las botas sucias por la casa. A través de la verja, entre los huecos de las flores aplastadas, yo los oía dar golpes.

María

1 comentario:

Angelical dijo...

Enhorabuena. Un trabajo bien hecho, siéntete orgullosa y piénsate lo de estirarlo XDD