jueves, 6 de mayo de 2010

Finalista Liga: Invierno / Verano, La Petite Poupée


Después de batallar durante meses, ya tenemos nuestro podium formado y, a un paso de la cima nos encontramos con nuestra finalista, La Petite Poupée. Y lo ha conseguido con este relato doble que os dejamos a continuación, y que, además, le ha hecho empatar, junto con Motherxeruh, en la categoría de mejor relato de verano.
¡Un aplauso para nuestra primera finalista, La Petite Poupée! ¡Felicidades!



Invierno


El invierno estaba siendo especialmente duro aquel año. Lluvias y más lluvias se sucedían sin parar, con apenas un día o dos de descanso, con cielos encapotados amenazando por el futuro y por el presente. Cada mañana, llegaba al instituto con el paraguas mojado en una mano y menos ganas cada vez de pisar aquel lugar.
- Buenos días, Raquel.
Como todos los días a aquella hora, Raquel se sonrojó a modo de saludo. Era de las primeras en llegar y soltar su mochila llena de libros en la mesa de la fila donde siempre se sentaba y su compañero siempre estaba allí, esperándola. Como siempre, con una sonrisa para ella.
- Buenos días, Hugo.
Le dio la espalda un segundo para ir al perchero de fondo a dejar la chaqueta mojada. Al lado de la suya.
- ¿Qué tal llevas el examen de hoy?
Como siempre, el tema central de conversación era el mismo. Estudios, clases, el instituto. Ella era demasiado tímida, no sabía tampoco qué otro tema de conversación sacar para romper el hielo. De todas formas, siempre tomaban otros derroteros sus conversaciones. Y compartían ambos momentos de risas muy agradables.
- He oído que tenemos hoy varias horas libres.
- Sí, eso me dijeron.
- ¿Biblioteca?
- Claro.
Era su pequeño refugio particular. Entre libros, apuntes y demás compañeros, a veces demasiado molestos, compartían juntos momentos inolvidables. Juntos.
Y eso siempre la hacía pensar. Otro día más, otro día que volaba, y como siempre, se decía que hoy sería el día. Hoy y no otro, ya estaba bien de prorrogar lo evidente. Y otro día más, un pequeño avance, un pequeño detalle, un gesto, pero nada evidente. Y la alegría ante sus gestos se amargaba ante su falta de valor. Y al día siguiente, repitiría "de hoy no pasa".
Aquel día en la biblioteca Raquel se sentó donde siempre, en la misma mesa, pero lo hizo frente a él. No perdía de vista sus detalles, su forma de hablar, cómo deslizaba el bolígrafo sobre el papel mientras copiaba algo de un libro o cómo se acomodaba las gafas para ver mejor alguna parte de su libreta de apuntes de Filosofía. Realmente, suspiraba por él.
Tampoco aquel día se atrevió a decirle nada. Pensaba que el valor se le fue el día que, después de año y medio viéndole cada mañana y soñando cada noche con él, decidió confesarle lo que sentía con una carta.
Hugo era extraño. Era diferente a cuantos chicos conocía, amable, culto y tímido, tan tímido o más que ella. Y eso era lo que más la desconcertaba. Si bien jamás contestó a aquella carta (Raquel no dejaba de repetirse que en parte era culpa suya, por no decírselo en persona, por pedirle a su amiga que le diese la carta por ella en un acto de cobardía), tenía detalles con ella que no tenía con ninguna otra chica más. Habían llegado al extremo de hablar por teléfono varias veces al día cuando no se veían o cuando alguno tenía alguna duda sobre alguna materia, discutiendo al final sobre temas diversos durante más de diez minutos.
Raquel sabía que tenía que hablar. Sabía que lo amaba con toda su alma. Y sin embargo, y sabiendo que Hugo y ella eran afines, que él no tenía novia, que estaba disponible y daba muestras de que le gustaba no se atrevía. Y sufría, cada noche, mientras pensaba que cada día faltaba menos para separarse y que cada uno fuese a distintas universidades, mientras soñaba con un amor imposible ante su falta de decisión. Y, como cada noche, se abrigó bien para ayuentar al frío reinante y al frío que acechaba a su corazón.





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Verano


Raquel sabía perfectamente que aquella era su oportunidad, su última oportunidad quizás.
Cierto es que tuvo antes de esa cientos, tan buenas o quizás más que esa, pero el tiempo estaba agotándose y el adios era cada día más evidente, cada día más palpable. Y cada día más doloroso. Pero de hoy no pasaba.
"Como siempre", pensó. Aquella frase había dejado de tener sentido, o al menos el pleno sentido, hacía demasiado tiempo. Su cobardía, su timidez habían hablado por ella demasiado, más de la cuenta. Dos años viéndole, sonriéndole y suspirando. Dos años viviendo un amor que cada día le daba fuerzas para levantarse, sabiéndose segura de poder verlo, y le arrancaba un dolor culpable cada noche cuando iba a acostarse. Un amor que, cada vez que había vacaciones o días de fiestas, la hacía dar vueltas, sin rumbo, la hacía sentirse perdida e insegura, echándolo de menos cada segundo. Y todo podría haberse evitado.
Pero esta vez estaba segura. Era el último día, era el último examen, el último paso antes de comenzar el nuevo rumbo de sus vidas adultas. Después de atravesar aquellas puertas, tendrían hora y media para estresarse y un verano entero para soñar con la universidad, con las fiestas universitarias y con los futuros compañeros de fiestas, movidas y diversión.
En aquel momento, Raquel lo vio. Hugo estaba en las escaleras del edificio, repasando antes de aquel último examen, con un cuaderno en las manos.
- Hola, Hugo. ¿Cómo lo llevas?
- Hola, Raquel. Bien, ¿y tú?
- Bien también. - Dudó unos segundos. - Oye, cuando termines el exámen, espérame, por favor.
- Claro.
Respiró hondo. En parte, ya había hecho bastante, ya se había atrevido a algo.
Charlaron animadamente hasta que llegó la hora. Fueron al interior del edificio y los nombraron por orden alfabético, repartiéndoles en distintas aulas según la asignatura a examinarse. Un examen a cada uno, unas hojas y empezaron.
Sorprendentemente para Raquel, aquel examen fue bastante fácil. Le preguntaron un tema que le encantaba y se dedicó a escribir sobre él hasta que, entre las preguntas y el tema a desarrollar, entregó tres folios de examen. Salió realmente contenta y se sentó a disfrutar el calor del sol en las escaleras mientras le esperaba.
Realmente el aire era estival. El sol bañaba todo con su luz radiante y su calor, haciendo un día muy agradable, propio para ir a la playa.
Ah, la playa. Cuánto tiempo hacía que no la pisaba, cuánto le había apetecido ir todos aquellos días encerrada en casa o en la biblioteca estudiando. Tenía tantas ganas de ir de nuevo, de pisar la arena, de refrescarse en el agua...
Alguien le tocó en el hombro y se dio la vuelta. Era Hugo, sonriéndole.
- ¡Qué pronto has salido! ¿Qué tal el examen?
- Muy bien, ha sido bastante fácil. ¿Y el tuyo?
- Bien, no ha estado mal.
Se hizo un silencio incómodo entre ellos. A pesar de todo, no se atrevía a decírselo, no podía, no le salía las palabras.
- Bueno... ¿nos vamos?
- ¿Y dónde vamos?
Buena pregunta, se dijo Raquel. Entonces recordó lo que estaba pensando antes que él llegara.
- Vamos a la playa.
- ¿A la playa? ¡Pero si no me he traído nada!
- Yo tampoco, pero podemos comprar un helado y sentarnos en la arena.
Fueron hacia la parada más cercana y se subieron al autobus, haciendo el viaje juntos y en silencio. Raquel no se podía creer que estuviesen juntos, que estuviese a punto de hacer caso a las recomendaciones de su amiga que, durante meses, le insistió en que se lo dijese de una vez, que de todas formas era evidente y que el no lo tenía asegurado. Ambos eran tan tímidos que no se les ocurría tema de conversación para romper el hielo y, durante todo el trayecto, estuvieron contemplando el paisaje a través del cristal de la ventana.
Una vez en la playa, fueron al quiosco más cercano.
- ¿De qué te lo pedirás?
- Creo que uno de estos de chocolate, ¿y tú?
- Creo que el mismo que tú, me gusta bastante.
- ¿Sabes? Me he acordado del verano pasado. - Raquel revolvía en su monedero contando monedas mientras le contaba - Vine aquí y conocí a dos amigas que conocía de internet. Fue un día único, me lo pasé genial con ellas. Me gustaría volver a verlas.
- ¿Y porqué no las ves?
- Porque no encontramos nunca un día que nos venga bien a las tres. ¿Vamos?
Caminaron un rato por el paseo mientras comían el helado mientras hablaban sobre el verano. Terminaron sentados en un muro que limitaba el paseo con la zona de arena. Raquel sabía que aquel era el momento, aquel por fin. Tenía que reunir valor de donde fuese, aunque no le salieran las palabras. Pero no sabía cómo hacerlo.
Se acordó de su amiga, la que tanto le había insistido. Ah, para ella era demasiado fácil, todo era demasiado fácil para ella, dos palabras y se acabó. Aunque por otra parte tenía razón, pero para ella era todo tan sencillo... Y así no era la vida real. Pero ella también le dio otras ideas, se dijo. Porque, como le insistía durante noches y noches cuando hablaban del tema, hay mil formas de decir "te quiero".
Le daba vergüenza, le daba demasiada vergüenza, pero se dijo que quizás era la única forma de decírselo, la única forma, a su manera, y con los consejos de su amiga. Y tal vez ella tuviese razón, después de todo.
Raquel abrazó a Hugo. Lo abrazó como siempre deseó abrazarlo y, sin romper aquella unión provisional, le susurró al oído.
- No quiero dejar de verte.



Relatos escritos por La Petite Poupée (ichirinnohana_is)

3 comentarios:

Isi G. dijo...

Gracias por publicarlo aquí y por vuestras felicitaciones^^ Besos^^

Sara dijo...

Enhorabuena ;) Que ilusión hace ver tus textos aquí, verdad? Besotes

Ángelicaladas dijo...

Enhorabuena, cariño, hemos demostrado ser las que más aguantaron XDDD.